trabajador aburrido
Los cambios siempre producen cierta inquietud, porque uno ante lo nuevo siente menos control. Por eso, mucha gente ante esta circunstancia cumple al pie de la letra aquello de “más vale lo malo conocido que lo bueno por conocer”. Esto les limita, y les priva de la posibilidad de vivir experiencias nuevas y enriquecedoras, ya que no están dispuestos a pagar el peaje de la incertidumbre inicial.

Si esta resistencia la aplicamos al mundo laboral, es un porcentaje significativo la cantidad de personas que, necesitando y deseando un cambio en su ocupación profesional, postergan y evitan dar el paso, colocándose en una resignada actitud de “qué se le va a hacer, no va a haber nada mejor”, que con mala suerte para algunos puede mantenerles durante años sumisamente en el mismo sitio.

La pereza, la habituación a la rutina, el miedo a no encontrar algo mejor, el estrés del cambio, son sólo algunas de las excusas que atan al trabajador a las patas de su mesa de trabajo, sin concederse a veces la oportunidad tan siquiera de mirar otras ofertas laborales, o ir a alguna entrevista para valorar opciones.
Esta disposición conformista y pasiva no es invisible a los ojos de la empresa, o de algunos jefes, quienes se aprovechan de esta incondicionalidad y sumisión del trabajador, para retrasar algunas revisiones salariales o ascensos, puesto que saben que no van a irse a ningún otro lado a buscar nuevas cláusulas que se ajusten a sus intereses.
A la larga este cuadro de dependencia laboral, temor a quedarse en paro, o desconfiar de que aparezca otra oferta, tiene cierta analogía con la dependencia emocional de quienes, por miedo a quedarse solos, mantienen la misma pareja durante años, a pesar de que no les llena ni cumple sus expectativas.

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Los cambios siempre producen cierta inquietud, porque uno ante lo nuevo siente menos control. Por eso, mucha gente ante esta circunstancia cumple al pie de la letra aquello de “más vale lo malo conocido que lo bueno por conocer”. Esto les limita, y les priva de la posibilidad de vivir experiencias nuevas y enriquecedoras, ya que no están dispuestos a pagar el peaje de la incertidumbre inicial.

Si esta resistencia la aplicamos al mundo laboral, es un porcentaje significativo la cantidad de personas que, necesitando y deseando un cambio en su ocupación profesional, postergan y evitan dar el paso, colocándose en una resignada actitud de “qué se le va a hacer, no va a haber nada mejor”, que con mala suerte para algunos puede mantenerles durante años sumisamente en el mismo sitio.

La pereza, la habituación a la rutina, el miedo a no encontrar algo mejor, el estrés del cambio, son sólo algunas de las excusas que atan al trabajador a las patas de su mesa de trabajo, sin concederse a veces la oportunidad tan siquiera de mirar otras ofertas laborales, o ir a alguna entrevista para valorar opciones.
Esta disposición conformista y pasiva no es invisible a los ojos de la empresa, o de algunos jefes, quienes se aprovechan de esta incondicionalidad y sumisión del trabajador, para retrasar algunas revisiones salariales o ascensos, puesto que saben que no van a irse a ningún otro lado a buscar nuevas cláusulas que se ajusten a sus intereses.
A la larga este cuadro de dependencia laboral, temor a quedarse en paro, o desconfiar de que aparezca otra oferta, tiene cierta analogía con la dependencia emocional de quienes, por miedo a quedarse solos, mantienen la misma pareja durante años, a pesar de que no les llena ni cumple sus expectativas.

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